Un cuerpo que ya no puede moverse, un dolor que lo ocupa todo, y una voz que ya nada puede decir. ¿Dónde queda entonces el sujeto?
Hay momentos en que el cuerpo impone su propia ley.
El dolor se vuelve tan intenso que ya no deja lugar para pensar, para desear, para decir. En esos instantes, la realidad parece no tener otra forma que la del cuerpo que duele.
Freud decía que la salud consistía en poder amar y trabajar: es decir, en tener la energía puesta afuera, investida en el mundo y en los otros.
Pero cuando el cuerpo duele, esa energía —esa libido— se retrae. Todo se concentra en la herida, en la punzada, en la respiración que cuesta.
Y sin embargo, algo del sujeto todavía insiste.
Para el psicoanálisis, el dolor introduce una dimensión que escapa a lo simbólico.
Lacan llamará a eso lo real: aquello que no puede ser dicho ni representado, lo que golpea sin mediación.
Cuando el dolor es puro real, la palabra se interrumpe. El sujeto queda tomado por una experiencia que no pasa por el sentido.
Y, aun así, allí puede aparecer el trabajo clínico más silencioso: sostener la posibilidad de que el dolor no lo borre del todo, de que no quede reducido a su cuerpo.
Selena estaba en su casa, acostada hacía meses. Inmóvil, casi inanimada.
El cáncer había avanzado, y los calmantes apenas lograban atenuar el dolor.
A su alrededor, las conversaciones giraban en torno a horarios, medicaciones, diagnósticos. Selena casi no hablaba.
Su mundo interno se apagaba; el mundo externo era un murmullo indiferenciado.
Una tarde, entre respiraciones entrecortadas, alcanzó a decir un nombre.
No era el de su hijo, ni el de su esposo. Era el de alguien que, tiempo atrás, quizás haya sido significativo.
No pidió nada, no explicó nada. Solo pronunció ese nombre, y lo hizo con una inflexión distinta, como si en ese instante se abriera un pliegue que la devolvía —aunque fuera por un momento— a un lugar propio.
En un primer instante, el analista la escuchó. No intentó interpretar, ni preguntar. Solo sostuvo esa palabra, la alojó.
En un segundo tiempo, ese nombre, esa palabra, pudo viajar entre los oídos de quienes la acompañaban, como un eco que humanizaba el silencio. De ese modo, lo que había sido apenas un sonido entre jadeos, se volvió la huella de una historia compartida.
En ese gesto, en esa palabra sostenida, Selena volvió a ser sujeto.
No una enferma, no un cuerpo que se apaga, sino alguien que todavía puede decir algo suyo, y ser escuchada, incluso en el dolor.
A veces, el trabajo analítico en los límites de la vida consiste solo en eso: en escuchar ese resto de palabra, sin exigirle más, sin devolverla al circuito de la utilidad o del diagnóstico.
Los cuidados paliativos intentan acompañar el dolor desde una ética del alivio y de la dignidad.
El psicoanálisis, sin pretender reemplazarlos, puede ofrecer algo más: un espacio donde la palabra siga teniendo lugar, aun cuando todo parece reducirse al cuerpo que sufre.
No se trata de explicar el dolor ni de darle sentido.
Se trata de dejar un lugar para que algo del sujeto hable, aunque sea en forma de silencio, de mirada, de nombre dicho a medias.
El ilusionista René Lavand solía contar una historia breve y conmovedora.
Un soldado pide permiso para volver al campo de batalla a buscar a su amigo herido. El capitán le dice que es inútil, que todos han muerto. El soldado desobedece, y regresa más tarde con su amigo en brazos, ya sin vida.
“Te dije que era inútil”, le reprocha el capitán.
Y el soldado responde: “No, mi capitán. Cuando llegué, aún estaba con vida, y con su último aliento me dijo: Sabía que ibas a venir”.
En ese gesto, en esa presencia que llega aunque ya no haya nada que hacer, hay algo del acto ético que el psicoanálisis puede sostener.
Estar ahí, cuando no hay palabras suficientes, pero cuando la escucha todavía puede hacer existir al sujeto, aun en el borde mismo de la vida.
El psicoanálisis no cura el dolor físico, pero puede aliviar la soledad que éste impone.
Porque cuando el cuerpo ya no responde, cuando el mundo se achica hasta el límite de una cama o una herida, la palabra —o el simple hecho de que haya alguien dispuesto a escucharla— puede ser la forma mínima, pero suficiente, de seguir siendo alguien.
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