Hay momentos históricos en los que la conversación pública parece moverse con una velocidad que no responde a la gravedad de los hechos, sino a la intensidad de la excitación que logran producir.
Escándalos estructurales —corrupción, abuso de poder, violencia institucional— irrumpen, generan conmoción… y rápidamente son desplazados por fenómenos identitarios, polémicas culturales o debates que capturan la atención con mayor facilidad.
No es que esos fenómenos carezcan de interés.
Lo clínicamente significativo es la operación de sustitución.
El escándalo estructural produce angustia real.
La angustia confronta con la falta de garantías, con la fragilidad del orden, con la impotencia frente al poder.
El fenómeno debatible, en cambio, produce excitación.
Convoca a opinar, indignarse, alinearse, alienarse, reaccionar.
Permite hablar sin quedar demasiado cerca de la propia vulnerabilidad.
En esa operación de desplazamiento, los medios no inventan el deseo social: lo organizan.
Producen un objeto para mirar, comentar y compartir.
La mirada se vuelve mercancía.
El tema se vuelve espectáculo.
La indignación se vuelve circulación.
Podríamos llamar a este tiempo la era de los histherians.
No se trata de ningún colectivo particular. El término apunta a otra cosa: una masa convocada a una escena donde la histeria social es estimulada y administrada. Una comunidad interpelada a reaccionar permanentemente, a sostener la pregunta, a mantener el deseo en agitación… sin tocar la estructura que produce la angustia de fondo.
Desde la clínica, la histeria no es un insulto. Es una posición subjetiva.
El histérico interroga al Otro: “¿Qué soy para tu deseo?”.
Necesita que algo falte, que el deseo permanezca abierto.
Cuando algo se satisface, algo se cae.
En el plano social, esa lógica puede volverse colectiva: debate infinito, polémica incesante, indignación renovable. Cada tema desplaza al anterior. Nada se resuelve; todo circula.
Aquí aparece otra dimensión: la administración de la escena.
No se elimina la falta.
Se organiza algo para que no se sienta demasiado.
La excitación es más rentable que la angustia.
La excitación genera tráfico, adhesión, polarización.
La angustia exige elaboración.
Cuando el dolor se vuelve espectáculo, el sujeto se borra.
Cuando el debate se vuelve excitación permanente, el ciudadano se vuelve espectador reactivo.
La pregunta no es si cada fenómeno es válido o no.
La pregunta es:
¿Qué función cumple?
¿A qué angustia viene a reemplazar?
¿De qué nos distrae?
Cada época tiene sus objetos de fascinación.
Lo decisivo es advertir cuándo la fascinación sustituye a la elaboración.
Porque cuando la escena ocupa todo el campo, lo que se pierde no es información.
Lo que se pierde es la posibilidad de pensar.
🌿 A veces, en medio de tanta excitación, lo más necesario es una pausa.
No para dejar de mirar, sino para empezar a pensar.
Si sentís que algo de todo esto también te atraviesa, podemos pensarlo juntos en Viví Tu Terapia Online.